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viernes, 7 de enero de 2022

A Emily Dickinson le gustaban las mujeres

 


Amherst, Massachusetts. Principios de diciembre de 1852. Una jovencita de cabello ¿negro o pelirrojo? está sentada y escribe. 


La silla es incómoda, la mesa es pequeña y tiene un solo cajón. Frente a ella se encuentran el tintero, muchas flores secas, un papel periódico, la ventana. El paisaje también está a la altura de su mirada y observa cómo algunos copos de nieve se precipitan sobre el sendero que conduce a la casa vecina, “a un seto de distancia”, donde vive su cuñada, Susan Huntington Gilbert, con quien comparte un amor profundo. Moja la punta de la pluma y se vuelve a concentrar. “Tuya hasta la muerte” es el enunciado que coloca antes de firmar la carta con un seudónimo. El estilo singular, que se caracteriza por el uso de guiones, la métrica alterada y el énfasis en las mayúsculas, es reconocible de inmediato. Se trata de Emily Dickinson. Son sus manos y es su pluma.


Pasan los años y esta mujer ya ha publicado una decena de poemas. Algunos son de amor y están dirigidos a Susan. Los tuvo que masculinizar o, como ella le llamaba, “ponerles una barba”. La poeta solía cambiar el género de su voz lírica y, de vez en cuando, se refería a sí misma con sustantivos del sexo opuesto, como “príncipe” o “muchacho”. Este tipo de genio mutable es precisamente al que se refirió Virginia Woolf en su reflexión sobre la inteligencia andrógina en Una habitación propia, que “transmite la emoción sin obstáculos, que es creadora por naturaleza, incandescente e indivisa”.


Es totalmente posible que el párrafo inicial (imaginado por mí) de este ensayo no esté lejos de la realidad histórica de la más grande poeta estadounidense. El ejercicio de imaginación parte de mi lectura de sus poemas, como “Noches salvajes” (269): “¡Si yo estuviera contigo / Las noches salvajes serían / Nuestro lujo! (…) Remando hacia el Edén / – ¡Ah – el Mar! / Si yo pudiera tan sólo amarrar – esta noche – En ti!”, y cartas. Hoy seguimos conociendo la obra inconmensurable de Emily Dickinson. Mientras tanto, nos han tratado de convencer de que la poeta pudo haber sido una mujer frustrada por un hombre casado, un ser asexual, una solterona o una virgen encerrada en la casa familiar… Pudo haber sido todo, menos lesbiana. Hasta hace algunas décadas, la narrativa oficial de Emily Dickinson, promovida ampliamente por la crítica y la academia, tuvo como punto de partida una biografía falseada, que ha tergiversado la naturaleza de su relación con Susan Huntington Gilbert. La imposición de una figura que encaja perfectamente en la matriz binaria ha significado también la heteropatriarcalización de la memoria de Emily Dickinson.


El nombre de Susan Huntington Gilbert fue removido de muchas publicaciones. La amada permaneció a la sombra porque no se consideraba apropiado que una poeta escribiera sobre el amor entre mujeres. En el primer poemario suyo, publicado póstumamente en 1890, el trabajo dickinsoniano sufrió modificaciones cruciales, como el intercambio de “ella” por el pronombre “él”, lo que llevó a los críticos y académicos a endilgarle tórridos idilios con hombres que eran meramente sus amigos, como Benjamin F. Newton, a pesar de que, como apunta la poeta y pensadora Adrienne Rich en su conferencia “El Vesubio en casa: el poder de Emily Dickinson” (1975), “resulta demasiado restrictivo identificar ese ‘él’ con un amante concreto, si bien ésa fue la principal obsesión de los propagadores de infundios durante más de medio siglo”.


Thomas H. Johnson, quien compiló la obra de Emily Dickinson en 1955, estaba seguro de que “Master”, una palabra neutra en inglés que puede ser tanto femenina como masculina y que aparece en unos pocos borradores, era una referencia clara al reverendo Charles Wadsworth que, según se ha investigado, no tuvo una relación tan cercana con la poeta. Se instauró, entonces, un destinatario varón y ni siquiera hubo cabida para una destinataria en los escritos de Emily. Y esa perniciosa afirmación ha atravesado las traducciones al español. En la magnífica selección y traducción que hizo Silvina Ocampo de los poemas de Emily Dickinson, hay una versión de “Her breast is fit for pearls”, en la que el pronombre femenino en inglés fue retirado:


Su pecho es propicio para perlas

pero yo no soy un buceador

su frente es propicia para tronos

pero no tengo penacho.

Su corazón es propicio para un hogar

yo –un gorrión– edifico ahí

dulces entrelazadas ramas

mi perenne nido.


Supuestamente, estos versos fueron enviados a Samuel Bowles a manera de encargo poético en conmemoración a su esposa Mary. Esta falsa aseveración, que aparece en la edición de las Cartas de Emily Dickinson de Mabel Loomis Todd (1894) [6], niega el hecho de que este poema fue escrito para Susan Huntington Gilbert, y su nombre fue borrado. En estos versos no hay hombre hipotético, sino una mujer de carne y hueso:


El pecho de ella es propicio para perlas 
Pero yo no soy una “Buceadora”
La frente de ella es propicia para tronos Pero no tengo corona.
El corazón de ella es propicio para un hogar
Yo— un gorrión— construyo ahí
Dulces ramitas entrelazadas
Mi nido perenne.


martes, 19 de enero de 2021

DICKINSON, LA SERIE SOBRE LA VIDA, Y AMORES LÉSBICOS, DE EMILY DICKINSON

 


Dickinson estrena su segunda temporada en la plataforma Apple+. Y es una maravilla. Desde la banda sonora, con una increíble canción, Afterlife (Dickinson), de Hailee Steinfeld, hasta la emocionante historia lésbica entre Emilie y Sue, su cuñada.


Dirigida por David Gordon y guionizada por Alana Smith, Dickinson habla de los primeros años de la reconocida escritora, Emily Dickinson, y de su paso de adolescente a mujer, en pleno ecuador del siglo XIX (vivió entre 1830 y 1886). Con apariciones estelares como nuestra amada Reese Witherspoon (Big Little Lies, Little fiers everywhere) o la eterna Jennifer Aniston.


Una serie compuesta por dos temporadas, hasta ahora, y episodios de media hora, que nos cuenta como Sue Gilbert, la musa a la que van dirigidos la mayoría de sus poemas, es el motor para que Emily los publique. Una mezcla entre drama y comedia, entre biografía y realismo mágico, donde Sue se casa con el insoportable hermano de Emily, dando paso a un triángulo amoroso que implica un amor subterráneo pero explosivo entre ellas justificado por una sociedad que aplaudía las amistades femeninas pasionales al considerar imposible que dos mujeres consumaran un acto sexual.


La serie no se queda en un subtexto eterno tipo Xena, la princesa guerrera. Aquí hay momentos muy claros. 


Los autores dejan evidencia de cual es el deseo de Emily, y eso nos parece valiente e interesante, teniendo en cuenta que es la escritora de lengua inglesa más reconocida de todos los tiempos. Más de 1000 poemas de la autora lo corroboran (muchos de ellos censurados). 


Una Emily que además tiene sus blancos y negros en la serie: el guión no se dedica a aclamar a la leyenda, sino que juega con su fama de altiva a la par que divertida adolescente.